DUENDECILLO DEL AMOR
El Cipitío saltó entre un matorral de zacates, helechos y quequeshques, subió a un bordo cubierto de chichipince y allí se escondió para mirar la vereda. Como acostumbraba todas las mañanas, esperaba ver alguna muchacha.
Bajo el sombrero de paja con ala grande y copa picuda caía un cepillete negro sobre su frente, sobresalía su cara regordeta achocolatada, brillaban sus ojos azabache y se le dibujaba una sonrisa.
Chiquito y barrigón el Cipitío vestía huipil rojo pintado con flores de todos los colores. Llevaba un pantaloncito de manta color vainilla con las perneras a la rodilla, y calzaba sus pies con unos caites de cuero pringado. Un morralito violeta terciado al hombro y en sus manos un ramillete de flores.
Bajo los ramajes se revolvía el aroma del bambú, el guarumo y el madrecacao. Los rayos del sol se colaban entre arbustos, iluminando los plumajes de los pájaros que enfiestados revoloteaban. Sentado en un tronco seco el Cipitío se entretenía mirando a las mariposas que flotaban como un jardín florido.
Pronto se escucharon pasos en la hojarasca de la vereda, el Cipitío dio un salto y se apresuró a dejar las florecillas sobre el bordo, de otro salto regresó al escondite. Entonces apareció una muchacha, llevaba un cántaro de barro abrazado a la cintura. Era una muchacha trigueña de cabellos negros y lisos, de rostro espigado y camanances, vestía una blusa blanca de mangas alforzadas, falda de refajo a cuadros violáceos y verde.
Desde el matorral el Cipitío dejó escuchar una tonada, silbaba como zenzontle para endulzar el corazón de las muchachas. Con los silbos la muchacha miró hacia el bordo y descubrió las flores, se disponía a tomarlas cuando una semilla de copinol cayó junto a las flores.
La muchacha sabía que por las flores, el silbo y el copinol, se trataba del ritual del duende del amor. La muchacha se apresuró a tomar las flores y tras una mirada al matorral descubrió al enamorado. El Cipitío alzó el ala de su sombrero como saludo, mientras la muchacha le hacía un guiño de ojos y le regalaba una sonrisa.
Contento el Cipitío sacó un pito de barro del morral y se puso a pitar una tonadilla alegre. La muchacha se fue danzando hasta la cañada donde nacía el riachuelo, llenó el cántaro de agua y regresó a su rancho.
Después del cortejo el Cipitío se fue saltando entre matorrales, así pasaría el día, de vereda en vereda, dejando florecillas y recogiendo sonrisas, entre tanto, cuidaba que las muchachas no fueran molestadas por un tunante, si era el caso, usaría sus poderes mágicos para dejar un embrujo al osado intruso: fiebres, alergias y pesadillas.
Al anochecer el Cipitío llegaba a los ranchos, sus enamoradas agradecidas por las flores de la mañana dejaban brasas en las hornillas, así el duendecillo podía asar los majonchos de su banquete.
Copyright©Walter Iraheta Nerio
miércoles 7 de mayo de 2008
El Cipitío
lunes 21 de abril de 2008
Animalejos
El cusuco
el cusuco juguetón
con su traje de piedra
por la loma va rodando
El gusano prevenido
se ha vestido de ciprés
con espinas ponsoñozas
va cuidando su ternura
Pangola
viste la luna un huipil luminoso
que alumbra hasta la pangolera
se miran los conejos pardos
mordisqueando zacates
Gato montés
cuesta arriba marcha el sol
las gallinas y sus pollitos
regresan asustados
en los matorrales ha quedado el gallo
espantando al gato montés
los grillos en la foresta
recuentan el acontecimiento
Taltuza
de la tierra a salido
la taltuza y sus taltucitos
comen tallos
comen hojas
mirando el brillo de las estrellas
Mapachín
viene el mapachín
saltando de piedra en piedra
viene el mapachín
temprano de la mañana
por la orilla de la poza
viene el mapachín
a pescar un juilín
Cotuza
a dónde vas tan elegante
con ese traje rojo
tiznado de amarillo
cotuza silenciosa
a dónde vas tan elegante
con tus botas acharoladas
Copyrigh©Walter Iraheta Nerio
domingo 6 de abril de 2008
El Sisimite en la Montaña Tatascame.
Yo camino cuidando no tocar la zarza y el minúsculo follaje, sin tocar la flor maravilla que se despierta presta a reverenciar al sol. En el polvo quedan mis huellas, junto con las huellas de los tigrillos. He dejado la morada que me alberga en las madrugadas, anchas ramas de amate donde reposo al regresar de las valladas nocturnas, al regresar de los huertos donde las doncellas salen a contemplar la luna llena y escuchar mi silbo amoroso. Las doncellas saben que soy El Sisimite, el duende dulce del amor.
Encantadas las doncellas me piden que susurre a sus oídos mis versos de amor. Miro entonces en sus ojos la ternura. Y la sonrisa tierna de las doncellas me conmueve. En tal momento se revuelve su perfume femenino, ellas se miran en mis ojos, yo me veo en los suyos. Es el momento cuando florece el árbol de fuego. Canta el tecolote y debo partir. El amor ya se ha despertado en la doncella.
Perlas de rocío se esparcen de la hoja y salpican mi rostro, mi huipil se humedece. Con la brisa se revuelve el aroma verde de la foresta, el murmullo de los grillos y las cigarras componen una melodía y cercano hay un trinar de chichigüiteros. Sobre una rama de shilo cantan las cherecas, mientras los chocoyos salen del talchinol en jugueteos. Regresan los cusucos y las zarigüeyas de su andar nocturno, entre chichipinces saltan los conejos, sobre una peña un tepezcuintle espera el paso de un animalejo.
Atrás queda la arboleda de tatascame, la montaña con su rumor y su pajarera, y tantos escarabajos turquesa, de ámbar y obsidiana. Entre zacataleras pastan venados, y allí cruzan los senderos de los labradores. Por fin la vaguada y el río a la sombra de los conacastes, la poza con flores de maquilishuat.
Dejo mi huipil, mi refajo, mis sandalias y mi morral en una peña. En el espejo de la poza miro mi rostro sin edad, mi cuerpo como la vainilla del malinche, mi piel chocolatada. El agua me recibe fresca, aromada de maquilishuat. Dejo mi cuerpo flotar, mientras miro entre ramajes pasar las nubes.
Cuando el sol se levante partiré a la vallada, donde las doncellas tienen su industrias de barro, sus telares y las mesas de ornamento. Silbaré mi tonada de amor, y ellas entenderán que El Sisimite las visita.
Copyright©Walter Iraheta Nerio
*El Sisimite, es uno de los duendes del amor que merodea por los valles del Anáhuac o las tierras nahuas. Se presenta a las doncellas en las noches claras. Es de mediana estatura, cuerpo menudo, de perfil alegre y enamorado.
*Montaña del Tatascame, al norte de Comasagua.
domingo 30 de marzo de 2008
Cumbres de Comasagua

Me detengo en la cima de la Chancaka. La nube abraza al cerro. Cumbre de tierra negra. Aroma de madrecacao. Brisa. Fina llovizna. El momento es transparente. Silba el viento en el farallón de la Pedrera. Honda vaguada, estribaciones que se juntan como nervaduras...
fincas
bosque y balsamar
lomas de pastizales y nance y anona
En la Giralda se miran ínfimas casitas de cuento. Asciende la nube. Se esparce suave el sol como manto en las colinas. El sol lleva mis ojos por las cúspides y filos
y adivino parajes donde moran animalejos
maizales donde vuela el pijuyo
los copalchíos enfiestados de chocoyos. Cortinas de ciprés y tatascames.
Barro rojo. Huellas de mapache y tacuazín. Por el pastizal corre el venado. Loma de guayabos y se alarga la cresta de Comasagua por el monte de ceibas y ujushtes y zacates.
Mis ojos van al sur por la vallada donde se alza el Peñón. Faro pétreo en el azul horizonte de mar y cielo.
Las nubes son montes blancos sobre los árboles de fuego .
En la cumbre de Comasagua se oye la música de los caracoles tocados por macehuales. Yo soy un gavilán y extiendo mis alas para el vuelo...
©Walter Iraheta Nerio.

